Viejas informalidades, nuevas economías: analogías estructurales del trabajo informal en contextos de transición. El caso argentino como experiencia ilustrativa en economías de ingresos medios.

 

Agustín Salvia (CONICET – UBA – UCA)

Las transformaciones recientes del mundo del trabajo —marcadas por la digitalización, la flexibilización de las relaciones laborales y la reconfiguración de los procesos productivos— han reactivado debates clásicos en torno a la informalidad laboral. Lejos de desaparecer con la modernización económica, la informalidad persiste y adopta nuevas expresiones, lo que obliga a repensar sus causas, funciones y efectos sociales. En este marco, la ponencia presentada en el seminario “El trabajo informal y sus analogías. Claves para caracterizar la estructura social” propone una lectura estructural del fenómeno, orientada a identificar continuidades profundas entre las formas históricas de informalidad y las modalidades contemporáneas de inserción laboral precaria.

Una de las limitaciones más persistentes en los enfoques convencionales es la asociación casi exclusiva entre informalidad y subdesarrollo, transición incompleta o déficits institucionales coyunturales. Desde esta mirada, la informalidad aparece como un residuo destinado a reducirse a medida que avanzan el crecimiento económico, la formalización productiva y la consolidación del Estado. Sin embargo, la evidencia empírica muestra que la informalidad no solo persiste, sino que puede expandirse incluso en contextos de modernización, innovación tecnológica y cambios organizacionales.

Releer la informalidad desde una perspectiva estructural implica reconocerla como un componente funcional de ciertos modelos de crecimiento, particularmente en economías atravesadas por una elevada heterogeneidad productiva. En estos contextos, la informalidad cumple un rol específico: absorber excedentes de fuerza de trabajo, reducir costos laborales, flexibilizar la organización productiva y sostener niveles de empleo que no podrían garantizarse bajo esquemas plenamente regulados. De este modo, la informalidad no constituye una disfunción marginal, sino una forma de integración subordinada que se articula —de manera desigual— con los segmentos más dinámicos de la economía.

Desde la sociología del trabajo y los enfoques estructuralistas del desarrollo (OIT-CEPAL), esta persistencia ha sido interpretada como el resultado de desajustes estructurales entre la dinámica productiva, los marcos institucionales y los sistemas de protección social. En economías de ingresos medios, la expansión del empleo no siempre se traduce en trabajo decente ni en integración social plena, dando lugar a configuraciones híbridas donde conviven modernización productiva y precarización laboral. En este sentido, la informalidad expresa no solo un problema de regulación o cumplimiento normativo, sino también los límites de modelos de desarrollo que generan empleo sin garantizar derechos, protección ni estabilidad, desafiando las capacidades clásicas de la política laboral y social para promover inclusión sostenida.

Este enfoque desplaza la atención desde las formas visibles del trabajo informal hacia las lógicas estructurales que organizan las relaciones laborales. Tanto en la informalidad urbana clásica como en las nuevas modalidades de trabajo flexible, autónomo o digitalizado, se reproducen patrones similares: inestabilidad de ingresos, ausencia o debilidad de protección social, baja capacidad de negociación colectiva e individualización del riesgo. Estas continuidades no dependen del tipo de actividad ni del grado de sofisticación tecnológica, sino de la posición estructural que ocupan los trabajadores en el sistema productivo.

Si bien las nuevas formas de informalidad se presentan bajo formatos diversos —desde el comercio urbano tradicional hasta ocupaciones mediadas por tecnologías digitales—, la lógica subyacente resulta comparable. En ambos casos, los trabajadores asumen los costos de la actividad, gestionan de manera individual su reproducción social y enfrentan relaciones asimétricas frente a los actores que organizan o intermedian el trabajo. El énfasis analítico, por lo tanto, no debe situarse en la forma específica que adopta el empleo, sino en las relaciones sociales que lo estructuran y en los mecanismos de precarización que estas reproducen.

El caso argentino resulta particularmente ilustrativo para analizar estas dinámicas. Como economía de ingresos medios, Argentina presenta una larga trayectoria de heterogeneidad estructural y una elevada incidencia de informalidad laboral, incluso en períodos de crecimiento económico. Este rasgo no responde únicamente a coyunturas de crisis, sino que se encuentra profundamente arraigado en la estructura productiva y en la forma en que se articulan el mercado de trabajo, el sistema de protección social y el Estado.

En las últimas décadas, el mercado laboral argentino ha experimentado procesos simultáneos de modernización y precarización. Mientras algunos sectores incorporaron tecnologías digitales y nuevas formas de organización, amplios segmentos de trabajadores continuaron —o ingresaron— en ocupaciones caracterizadas por la inestabilidad y la falta de derechos laborales. La expansión de modalidades laborales mediadas por tecnologías digitales no alteró sustancialmente esta lógica: por el contrario, tendió a reproducir segmentaciones preexistentes, diferenciando entre empleos digitalizados relativamente estables y otros que operan como estrategias de subsistencia.

Analizar el caso argentino como experiencia histórica permite visibilizar que estas dinámicas no son excepcionales, sino representativas de tensiones más amplias presentes en muchas economías en transición. En este sentido, el interés del caso no reside en su singularidad, sino en su capacidad para mostrar los límites de modelos de integración laboral basados casi exclusivamente en el empleo como vía de acceso a la ciudadanía social.

Uno de los hallazgos centrales de este enfoque es la creciente disociación entre empleo e integración social. Tener trabajo ya no garantiza necesariamente estabilidad, protección ni reconocimiento. En contextos de informalidad estructural, amplios sectores de trabajadores participan del mercado laboral sin acceder a los derechos y seguridades históricamente asociados al empleo formal, lo que plantea desafíos profundos para los sistemas de protección social y las políticas laborales tradicionales.

El cierre prospectivo del análisis invita a situar la informalidad en el marco de transiciones inconclusas. Las economías de ingresos medios enfrentan el desafío de redefinir sus modelos de integración en un escenario marcado por la fragmentación del empleo y la erosión de las protecciones clásicas. La pregunta ya no es únicamente cómo reducir la informalidad, sino qué tipo de integración laboral y social resulta viable en contextos de heterogeneidad estructural persistente.

Desde esta perspectiva, repensar la informalidad implica revisar categorías analíticas, marcos normativos y supuestos de política pública. Supone, además, abrir el debate sobre nuevas formas de protección social que no dependan exclusivamente de trayectorias laborales formales y estables. Lejos de ser un fenómeno residual, la informalidad emerge como una clave central para comprender las transformaciones contemporáneas del trabajo y los límites de la integración social en las economías actuales.

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