Saudade (Oporto turistificado)

Gabriel López y Javier Ortega

Universidad de Alicante

Oporto, con sus colinas empedradas, el extenso caudal del Duero y los reflejos del azulejo, se ha consolidado en la última década como uno de los destinos más atractivos del turismo europeo. Sin embargo, detrás de la postal que millones de visitantes consumen y fotografían cada año, existe una dimensión poco explorada: la del trabajo informal que da vida —¿y autenticidad? — a la experiencia turística.

Margarida tiene 65 años y vende bebidas frías en la puerta de su casa. Con un delantal, sin toldo ni más reclamos, ha instalado una mesa en el quicio donde atiende a los turistas que bajan camino de la Ribeira. Durante años trabajó como limpiadora, ahora debe completar con los euros del turismo su pensión insuficiente. Una mañana cualquiera —porque todas las mañanas son cualquiera cuando se repiten—, una joven turista se detuvo ante el puesto para comprarle una bebida La joven decidió inmortalizar una imagen, ¿un recuerdo?, o, en última instancia, una evidencia de que había visitado un lugar auténtico. Le pidió amablemente hacerle una foto. Margarida, con naturalidad, le mostró un espejo antiguo y bello que colgaba justo detrás de ella, propicio para la postal, y le sugirió que se retratara frente a él para salir reflejada, integrada en su propia escena. Pero la joven negó con una sonrisa: “No, quiero que salgas tú”. No buscaba su propio reflejo, sino el de Margarida, la figura que para ella representaba lo genuino del lugar, la postal viva de un viaje breve. Posó y tomó la imagen, seguramente rumbo a una de tantas Stories que llevaría publicando en su Instagram. El encuentro no duró más de 5 minutos, quizá el mismo tiempo que duran los recuerdos fugaces de la sociedad líquida, que diría Zygmunt Bauman. Al terminar la jornada, su hijo le acompaña al supermercado para reponer lo vendido ¿Y qué hace al terminar? “Nada, me voy directamente a la cama. Agotada”.

En los últimos quince años, el centro de Oporto ha pasado de estar medio vacío a encontrarse saturado. No fue el turismo quien echó (primero) a la gente, el centro ya llevaba tiempo perdiendo población. El éxodo hacia las afueras convirtió la ciudad en un ejemplo de “ciudad en forma de donut”: vida en la periferia, abandono del centro. Y ese vacío fue aprovechado, había que rellenarlo con un decorado exclusivamente funcional para sus visitantes. A partir de 2010, Oporto se convirtió en destino deseado por el turista y deseoso de capital extranjero: los ecos del Patrimonio de la Humanidad, dos vuelos diarios low-cost, varios años como mejor destino europeo. Lo que antes eran casas de vecinos ahora son apartamentos turísticos. Nadie pasea a su perro por el centro.

La actividad es frenética, aunque esta no se corresponde con el sentir de los turistas que pasean serenos y parsimoniosos por las calles y plazas de la ciudad. La actividad es frenética, y esto si corresponde con los centenares de trabajadores y trabajadoras que día a día se disponen a satisfacer la demanda de los visitantes. Una parte sustancial de estos trabajadores desarrollan sus actividades desde la informalidad, aunque no desde la clandestinidad. Desde el arte, y no desde las lógicas mercantilistas (¿o sí?).

Carlos es músico callejero. Uno de tantos de los que ponen banda sonora a la experiencia turística. Lleva 13 años tocando en la ciudad. Rua das Flores, estación de São Bento. Recuerda cuando apenas eran una docena de músicos repartidos por la ciudad. Hoy calcula que son cerca de 200. “Ahora hay tantos que es como si nadie escuchara”. Oferta y demanda. Este año el ayuntamiento ha puesto en marcha un sistema de licencias para limitar dónde y cuántos artistas pueden actuar en el espacio público. Carlos lo celebra. Todos cantan versiones, nada de temas propios. Música de aeropuerto. “Hay uno que toca el Hallelujah [Leonard Cohen] 10 veces seguidas. Incluso quien tiene una playlist y hace como que toca”.

Oporto no se ha llenado de habitantes, sino de usos nuevos. Las licencias de alojamientos turísticos se han disparado. En algunos barrios, hasta el 80 % del parque habitacional está vinculado al turismo. Como suele ocurrir con este fenómeno global, subieron los precios, desaparecieron comercios de barrio y aparecieron negocios pensados para quien está de paso. Un parque de atracciones para turistas que buscan lo auténtico pero se tropiezan con turistas que buscan lo auténtico. La extensión del duty free, no-lugares. En pocos años, la ciudad cambió de función; lo llaman “gentrificación funcional”: el centro se convierte en un producto. Se vende, se alquila, se embellece. No necesariamente en ese orden.

Jéssica tiene 28 años. Por las mañanas trabaja limpiando, por las tardes ayuda en el puesto de su madre. Paños, souvenirs, gorras, agua fría. Antes, también su abuela vendía por el barrio, en el puerto, pero la ciudad era otra. “Esto antes era un barrio”, dice, “ahora es como un decorado”. Señala los balcones sin ropa tendida, con macetas de plástico. Vender ahí no está permitido, y a veces las multan. Entre las vendedoras se avisan cuando ven llegar a la policía. Cuando eso pasa, Jéssica recoge lo más caro y se esconde en un almacén cercano que usa como trastienda. El espacio es curioso: dependencias anexas a una iglesia que fueron vendidas a un fondo inversor. Iban a convertirlo en alojamiento turístico, pero por dificultades de acceso el proyecto quedó paralizado. Ahora, Jéssica y su madre lo usan como almacén improvisado.

En el Jardim do Morro un chico brasileño vende croquetas de bacalao a tres euros. Gana un euro con cada venta. El parque, que hace años tenía fama de inseguro, se ha convertido en un mirador turístico donde no hay un banco libre al atardecer. Este chico compagina la venta de comida con sus estudios de Terapia Ocupacional en el Instituto Politécnico de Oporto. Asegura que lo suyo es “un trabajo honesto”, que viene de una “cultura emprendedora”. Explica que esta actividad, inserta en la ambigüedad de la economía informal, permite a otros compañeros migrantes justificar ingresos mínimos y así permanecer en el país.

Aquí aparecen varias respuestas posibles. Una de ellas tiene que ver con lo que podríamos llamar una agencia ambivalente. Muchos trabajadores informales valoran su autonomía: la libertad de elegir sus tiempos, sus espacios y su forma de relación con el turista. Saben que fuera del marco legal hay límites y riesgos, pero también reconocen que la formalización podría implicar perder precisamente aquello que hace valioso su trabajo: su flexibilidad y su espontaneidad.

Por otro lado, no se puede ignorar la tensión competitiva con el trabajo formal. En sectores como la venta artesanal o los tours alternativos, los actores informales compiten con negocios registrados. Las autoridades, en este punto, suelen mantener una postura ambigua: promueven la formalización, pero sin ejercer una represión intensa. Es una convivencia tácita, un equilibrio inestable que, por ahora, resulta funcional para ambos lados.

En Oporto todo parece estar ocurriendo a la vez: turistas que llegan, vecinos que se van, negocios que aparecen, otros que resisten. Hay energía, hay actividad, hay dinero. También hay agotamiento y resignación. La ciudad se ofrece entera al visitante. ¿Cuánto queda de ciudad cuando todo en ella empieza a organizarse en función de quienes no se quedan?

¿Y qué hacen estas personas descritas, que desde la informalidad ofrecen experiencias turísticas? Podríamos decir que funcionan como (y constituyen) una infraestructura desde abajo. No son oficinas de turismo ni señalética, sino pequeñas rutinas, sonidos y objetos que rellenan el vacío que dejó la gente que se fue. Margarida con su mesa; Carlos con su guitarra; el chico de las croquetas en el Jardim do Morro. No se limitan a vender un producto, montan una escena que el turista consume. Esa escena se fotografía, se etiqueta, se comparte (y vuelta a empezar). Esa escena es parte del paisaje que la ciudad ofrece y que muchas guías y mapas no describen, pero que el visitante busca y recuerda.

No son todos iguales. Hay quien elige la calle porque le da libertad y un contacto directo con la gente; hay quien está ahí porque necesita complementar una pensión o pagar estudios; y hay perfiles intermedios que combinan creatividad, necesidad y emprendimiento informal. En este sentido, podríamos atender a esta informalidad desde  su grado de precariedad (¿lo hacen por necesidad o por elección?) y su capacidad de agencia (¿pueden decidir sus tiempos y modos o están sujetos a presiones y riesgos?). Esa variedad explica por qué la ciudad tolera una regulación ambigua. Para algunas de estas personas con las que hemos conversado, la formalidad quitaría lo que hace valioso su trabajo; para otras, la informalidad es el único recurso viable.

Y en cuanto a la función que cumplirían para el turismo en la ciudad de Oporto, podríamos destacar al menos tres cosas que hacen bien: (1) componen (son) la postal, lo que explicaría una función paisajístico/estética; (2) crean (son) la experiencia, lo que entenderíamos como una función relacional (conversaciones, sonrisas, pequeños gestos que el turista interpreta como autenticidad); y (3) sostienen economías mínimas (función social), propiciando ingresos, redes informales y formas de supervivencia. Quitar todo eso no sería solo ordenar la calle, tal vez sería transformar la experiencia misma de Oporto. Pensarlo así obliga a preguntarnos no sólo cómo regular, sino cómo reconocer y proteger aquello que hoy sostiene la ciudad que tantos vienen a visitar.

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